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El escrutinio internacional sobre el cerco informativo venezolano suma un nuevo capítulo de exigencia directa. La reciente acción del Alto Comisionado de la ONU, Volker Türk, al ejercer presión sobre Delcy Rodríguez para demandar el cese del bloqueo a los portales digitales, demuestra que las instancias globales no tolerarán medidas a medias.

Este reclamo de alto nivel desmonta de inmediato la reciente fachada de flexibilidad comunicacional que se intentó proyectar. Aunque hace poco se reportó el restablecimiento del acceso a una lista específica de portales, la realidad es que la arquitectura de censura administrada por Conatel sigue intacta.

Tal como ya lo había advertido la Misión de la ONU, destrabar apenas un puñado de medios no decreta el fin de las restricciones, sino que funciona como una concesión milimétrica para simular un clima de apertura frente a la mirada exterior.

El mandato de la ONU reafirma que la conectividad ciudadana no puede seguir utilizándose como una simple ficha de cambio, obligando a la administración a enfrentar el alto costo de mantener la mordaza tecnológica sobre el ecosistema informativo.

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Los campos petroleros: Imagina que un gran inversionista decide rescatar una antigua y famosa fábrica de zapatos prometiendo exportar miles de pares al mes, pero al abrir las puertas descubre que los motores están oxidados, los repuestos desaparecieron y el techo está a punto de colapsar. Por más capital que ponga sobre la mesa, la producción dependerá exclusivamente de si esas viejas máquinas logran encender sin desarmarse.

Eso es lo que plantea el reciente reporte de Bloomberg sobre la apertura petrolera entre Estados Unidos y Venezuela: el éxito de los multimillonarios pactos con las transnacionales no depende solo de las licencias firmadas en despachos diplomáticos, sino de la cruda realidad física de unos campos de extracción severamente deteriorados tras décadas de abandono.

Aunque se celebre la voluntad política para reactivar el bombeo de crudo, las ambiciosas proyecciones de crecimiento chocan de frente contra taladros inoperativos, tuberías corroídas y un déficit eléctrico crónico que paraliza constantemente las operaciones, el verdadero desafío de las compañías extranjeras ya no es sortear el laberinto de las sanciones internacionales, sino asumir una costosa labor de reconstrucción industrial.

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